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    El primer alumno pelota de la historia vivió hace 4.000 años en Sumer.

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    jmvicus
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    prensa nueva El primer alumno pelota de la historia vivió hace 4.000 años en Sumer.

    Mensaje por jmvicus el Jue Feb 24, 2011 4:10 pm

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    ¿Qué pensaban los estudiantes del sistema de educación a que estaban
    sometidos? Eso es lo que nos dirá el estudio de un texto muy curioso,
    con una antigüedad de 4.000 años y cuyos fragmentos ha sido reunidos y
    traducidos en la obra “La historia empieza en Sumer”, de Noah Kramer.
    Esta obra acaba de ser reeditada recientemente y prologada por Lara
    Peinado.
    Este documento, uno de los más humanos de todos los que hayan salido a la luz del día en el Próximo Oriente,

    es un ensayo sumerio dedicado a la vida cotidiana de un estudiante.


    [Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]Compuesto
    por un maestro de escuela anónimo, que vivía 2.000 años antes de la era
    cristiana, nos revela en palabras sencillas y sin ambages hasta qué
    punto la naturaleza humana ha permanecido inmutable desde millares de
    años.
    El estudiante sumerio de quien se habla en el ensayo en cuestión, y
    que no difiere en gran cosa de los estudiantes de hoy en día, teme
    llegar tarde a la escuela «y que el maestro, por este motivo, le
    castigue».
    Al despertarse ya apremia a su madre para que le prepare rápidamente
    el desayuno. En la escuela, cada vez que se porta mal, es azotado por
    el maestro o uno de sus ayudantes. Por otra parte, de este detalle sí
    que estamos completamente seguros, ya que el carácter de escritura
    sumeria que representa el «castigo corporal» está constituido por la
    combinación de otros dos signos, que representan, respectivamente, el
    uno la «baqueta» y el otro la «carne».[Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]
    Samuel Noah Kramer

    En cuanto al salario del maestro parece que era tan mezquino como lo
    es hoy día; por consiguiente, el maestro no deseaba sino tener la
    ocasión de mejorarlo con algún suplemento por parte de los padres.
    El ensayo en cuestión, redactado sin duda alguna por alguno de los
    profesores adscritos a la «casa de las tablillas», comienza por esta
    pregunta directa al alumno: «Alumno: ¿dónde has ido desde tu más tierna
    infancia?» El muchacho responde: «He ido a la escuela.» El autor
    insiste: «¿Qué has hecho en la escuela?»
    A continuación viene la respuesta del alumno, que ocupa más de la
    mitad del documento y dice, en sustancia, lo siguiente: «He recitado mi
    tablilla, he desayunado, he preparado mi nueva tablilla, la he llenado
    de escritura, la he terminado; después me han indicado mi recitación y,
    por la tarde, me han indicado mi ejercicio de escritura. Al terminar la
    clase he ido a mi casa, he entrado en ella y me he encontrado con mi
    padre que estaba sentado. He hablado a mi padre de mi ejercicio de
    escritura, después le he recitado mi tablilla, y mi padre ha quedado
    muy contento… Cuando me he despertado, al día siguiente, por la mañana,
    muy temprano, me he vuelto hacia mi madre y le he dicho: “Dame mi
    desayuno, que tengo que ir a la escuela.” Mi madre me ha dado dos
    panecillos y yo me he puesto en camino; mi madre me ha dado dos
    panecillos y yo me he ido a la escuela. En la escuela, el vigilante de
    turno me ha dicho: “¿Por qué has llegado tarde?” Asustado y con el
    corazón palpitante, he ido al encuentro de mi maestro y le he hecho una
    respetuosa reverencia.»

    Pero, a pesar de la reverencia, no parece que este día haya sido propicio al desdichado alumno.


    Tuvo que aguantar el látigo varias veces, castigado por uno de sus
    maestros por haberse levantado en la clase, castigado por otro por
    haber charlado o por haber salido indebidamente por la puerta grande.
    Peor todavía, puesto que el profesor le dijo: «Tu escritura no es
    satisfactoria»; después de lo cual tuvo que sufrir nuevo castigo.
    Aquello fue demasiado para el muchacho. En consecuencia, insinuó a
    su padre que tal vez fuera una buena idea invitar al maestro a la casa
    y suavizarlo con algunos regalos, cosa que constituye, con toda
    seguridad, el primer ejemplo de pelotilla de que se haya hecho mención
    en toda la historia escolar.
    El autor prosigue:
    «A lo que dijo el alumno, su padre prestó atención. Hicieron
    venir al maestro de escuela y, cuando hubo entrado en la casa, le
    hicieron sentar en el sitio de honor. El alumno le sirvió y le rodeó de
    atenciones, y de todo cuanto había aprendido en el arte de escribir
    sobre tabletas hizo ostentación ante su padre.»

    El padre, entonces, ofreció vino al maestro y le agasajó, «le vistió
    con un traje nuevo, le ofreció un obsequio y le colocó un anillo en el
    dedo». Conquistado por esta generosidad, el maestro reconforta al
    aspirante a escriba en términos poéticos, de los que ahí van algunos
    ejemplos: «Muchacho: Puesto que no has desdeñado mi palabra, ni la has
    echado en olvido, te deseo que puedas alcanzar el pináculo del arte de
    escriba y que puedas alcanzarlo plenamente… Que puedas ser el guía de
    tus hermanos y el jefe de tus amigos; que puedas conseguir el más alto
    rango entre los escolares… Has cumplido bien con tus tareas escolares,
    y hete aquí que te has transformado en un hombre de saber.»
    El ensayo termina con estas palabras entusiastas.
    Sin duda, el autor no podía prever que su obra sería desenterrada y
    reconstruida cuatro mil años más tarde, en el siglo XX de otra era, y
    por un profesor de una universidad americana. Esta obrita, por suerte,
    en esas épocas lejanas ya era una obra clásica muy difundida.
    El hecho de haber encontrado veintiuna copias de ella lo atestigua claramente.
    Trece de estas copias se encuentran en el Museo de la Universidad de
    Filadelfia, siete en el Museo de Antigüedades Orientales de Estambul, y
    la última en el Louvre.



    Extracto del libro “La historia empieza en Sumer”.
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