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    Rubén Díaz Caviedes: Marte español

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    jmvicus
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    prensa nueva Rubén Díaz Caviedes: Marte español

    Mensaje por jmvicus el Jue Nov 01, 2012 7:54 pm



    “¿Para qué sirve Marte?”, se preguntaba hace unas semanas Alfonso Ussía en las páginas de La Razón, respondiéndose acto seguido que “para nada”. Lo hacía el maestro de maestros taxativo, categórico, con la rotundidad convencida de quien juzga la inoperancia de las diputaciones o de los pezones masculinos. Como aquellos funcionalistas antiguos, Lasswell y compañía, empeñados en reducir las cosas a sus propósitos, o como el albañil que te viene a casa y concluye nada más entrar por la puerta que el latiguillo ese que tiene en el baño, señora, no sirve para nada. Así refiere Ussía al planeta rojo, que además de inútil, dice, es “más feo aún que la zona de Arroyoculebro o los descampados que se abren al norte de Arganda del Rey”. Que son, indeed, sitios muy feos. Hay algo, sintetizando, que huele a podrido en Marte, como en un Hamlet escrito por Asimov en lugar de Shakespeare, aunque Ussía, que también sabe hacer concesiones, nos anima a “ser cautelosos en el análisis negativo de la gran hazaña”. El motivo de la prudencia, no te lo pierdas, es que el Curiosity, el robot que la NASA acaba de llevar al planeta vecino, incorpora tecnología que él denomina “española” y que aquí, por purismo, vamos a denominar “hecha en España”. Que como decían Martes y Trece en un sketch, es lo mismo, pero no es igual.

    E incluso en eso, vaya por Dios, estamos jodidos. En la condición española de la gesta. Porque a todos los factores que hacen de Marte una puta mierda hay que sumar, por lo visto, su capacidad potencial de disgregar España, y no en el sentido tectónico de la expresión, sino en el tradicional. Según Ussía, “ahora dirá Mas que el software es catalán, López que la luz que suena y hace pip-pip en la cabeza de Curiosity es vasca, Griñán que los tornillos los han apretado dos andaluces”. Y eso que a Patxi López no se le ha conocido reacción alguna y Artur Mas, pobrecito mío, no ha dicho ni aquesta boca és meva. De momento, la apropiación de la proeza ha correspondido en solitario a La Razón, que este martes abría portada con un “Conquista de Marte made in Spain” que hubiera hecho caerse de la silla a los ingenieros del Jet Propulsion Laboratory de la NASA —ingratamente traducido como Laboratorio de Propulsión a Chorro— si en Pasadena supieran, angelitos, quién coño es Paco Marhuenda. Por no hablar del “Alianza EEUU – España” del antetítulo, que agüita. Es en este anexionismo simbólicamente acometido y esperpénticamente ejecutado que entra Ussía, pocos días después, a demostrar en subtexto aquello de que el ladrón piensa que son todos de su condición. “Lo que tendríamos que celebrar como un triunfo de todos se lo apuntarán sólo algunos”, dice aludiendo a nacionalistas y regionalistas, “dejándonos a los ciudadanos y contribuyentes sin nuestro merecido pedazo de tarta”.

    Hay que haber perdido el norte, miren, y oír en la propia mente voces que te hablan en euskera para montar semejante brainstorming, pero eso es lo de menos. También lo es, aunque lo parezca, lo enroscada que hay que tener la boina para criticar la inversión en el espacio, en particular cuando el dinero no es tuyo. “Neil Armstrong acaba de cumplir 82 años”, explica Alfonso, “y todavía nadie se ha aventurado a explicar los beneficios que la humanidad ha recibido de la luna”. Incluso siguiéndole el rollo a Ussía y confundiendo ciencia e ideología, que es como decir el culo con las témporas, cabe preguntarse qué hubiera sido de “esa unión que tanto añoramos los que amamos a nuestro mapa por igual” si sus artífices, Isabel de Castilla y Fernando de Aragón, hubieran adolecido de su misma miopía científica cuando Cristóbal Colón se les plantó en Granada pidiendo un gritón de maravedís para irse a dar la vuelta al mundo, como Willy Fog. Una España, quiero decir, que nunca se hubiera lanzado a explorar el mar y que no hubiera descubierto América. ¿Se la pueden imaginar? Yo tampoco.

    Así que Alfonso, querido amigo, te anuncio que renuncio a mi porción de tarta pese a ser, como dices, ciudadano y contribuyente. También a considerarme, como español “dueño, en la proporción que sea estimada, de Marte”. Le cedo mi cachito del pastel metafórico y las escrituras del solar extraterrestre a cualquier andaluz, vasco o catalán que las quiera, e incluso a los lectores de tu periódico que deseen, por amor “al mapa por igual”, participar de vuestros delirios, jugar al Risk mental que habéis montado y plantar la rojigualda en el cráter Gale por el mero gusto de plantarla, dado que es un lugar inútil, improductivo y feo. A mí, ya ves tú. Chinchín de aflelú. No lo hago por solidaridad territorial o, qué te diría yo. Abnegado espíritu conciliador. Ni siquiera por buenrollismo, fíjate, de ese con el que se combate la fanfarronería sólo porque te hace quedar mejor. Lo hago por convicción. Porque posar un robot en Marte, Alfonso, es una hazaña de la humanidad. Es épica. El último capítulo de una epopeya, poniéndonos algo horteras, que empezó una noche, hace cientos de miles de años, cuando un primer ser humano alzó la mirada hacia arriba y se preguntó por qué hay estrellas que titilan en el cielo. En la que no importa donde lo hiciera, Alfonso, sino que lo hiciera. De la que recordamos no a quien lo hizo, sino lo que hizo. Y en la que no cabe, aunque esto ya es por poética elemental, comparación alguna con Arroyoculebro.




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